Hay veces que tengo la sensación de no enfrentarme bien a los problemas. Y sólo por querer de veras.
La presión, esta vez, nunca había sido tan dolorosa. Se dio cuenta de que o luchaba o terminaría pudiendo con ella. Lo consideraba tan especial que todo extremo era delicioso y toda carencia era soportable. Estaba enganchada.
Muchacho de ojos como gatos y de labios como olas, tantas cosas y tanto increíble.
Le pedí un relato más extenso pero las palabras le seguían faltando. Y todo esto porque nunca le habían preguntado. Se limitó a sentir el momento y no volvió a verle. Por eso se explica que ahora esté así. Sin saber dónde ir, si decírselo o no.
Por otro lado estaba ella.
Bajo aspecto de persona fuerte se encontraba su hada, con miedo a todo. El miedo más que terrible que no la dejaba que la descubriesen. Ni siquiera él. “No le conoces”, se decía, y por ello le siguió justificando. Le intentaba entender pero no se dejaba. No demostraba ni un ápice de lo que hace unos días, quizá diría horas, la había demostrado. Las palabras que encajaron y los tiempos que acompañaron.
Había momentos en que ya no sabía si había sido un sueño o si volvía a disfrazarse todo de realidad. De la del hazlo y aunque sea disfrútalo para ti. Que te queda tanto por hacer que no puedes perderte en las ganas. Esas grises ganas que te dijo que sentía.
Siempre la gustaron los cuentos, y dentro de un tiempo conseguirá reírse de todo esto. De tomárselo mejor que ahora, porque ahora la está matando. Dentro de sí misma cree merecer cariño, pero no la ha dado tiempo a verse reflejada en sus ojos. Porque aunque de gato, no son tan profundos como ella pensó. O si.
Una vez se le gastó la personalidad. Créanme que lo confesó. Se la gastó y encontró una que no tenía escudo. Fue hace mucho tiempo. Algún día tendrá que recordarlo y quizá vuelva a encontrarse. Aceptaba por aceptar y no se negaba, simplemente se dejaba llevar. Hacía lo que la gustaba pero no se sentía libre.
Ahora se ve más fuerte y promete no sentir más que cuando le sentía tan cerca que tocarle era como hacerlo con el mar y sentirle era como la sal. Tanta luz. Tanto sol.
El maldito día a día no la elevaba ni un centímetro. Sólo conseguía mantenerse porque después de todo se dio cuenta que había otros mundos. Nunca lo había sentido tan cerca. Necesitaba un cambio. A lo mejor tendría que haberle preguntado y cambiar, pero esas cosas y siempre en ella, resultaban intuitivas. Subía escaleras respirando y luchando contra toda tristeza que dejaban en su cara siempre las mismas calientes y saladas lágrimas. Lágrimas que aparecían en la nostalgia y se perdían en los colores.
Y ya no sabía qué hacer para que las palabras fuesen libres con él. No sabía porque la expresión era lo que faltaba. No sabía porque no podía dejar de sentirse vacía sin sus besos y sin sus ojos. Un momento es poco, una mirada es mucho. Y el tiempo nunca fue al compás. Al revés. Todo parece estar al revés pero era lo que la daba el mejor tesoro. La sonrisa. La de porque sí. Y la de porque tú y porque yo. Y la de encontrarnos.
Al final se dio cuenta que estaba enamorada de él. Todavía no sabe si fue tarde.
Él vivía donde el amor existe bajo unos versos y los poetas son inteligentes con los engaños.
Ella lo hacía bajo su mágica estrella porque era la única que no se apagaba.
A veces me da la sensación de estar intoxicada por alguien. Y estoy cansada de no decirle cuanto tiempo gasto en soñar. En soñar con él. Estoy segura que ella hubiese dejado salir una parte de sí para él. Y ella también lo está. Segura y en el límite.
Pero todo serán sueños ahora. Ahora que la indiferencia a entrado en el bosque del duende.
Otra vez.
Tenía que irse sin dejar en un papel toda su alma, por lo que los tejados seguirían pensando en él.
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